martes, 22 de agosto de 2017

Ácido.

Mátame para luego amarme,
alábame para despreciarme 
y ahogarme,
como pude amarte con absolutamente todo lo que suponía el quererte.
Absórbeme hasta abatirme y 
en el último suspiro abrazarme para despegarme de mi misma
para ser tuya aun contracorriente. 
Asegúrate de a verme vencido, quebrado, ahorcado y acuchillado,
porque el ácido nunca es vencido, ni nunca está acabado.
Quítame todo lo que afile, queme, hiele o anime, 
porque cariño al ácido no se le vence se le pertenece,
como al vórtice donde nace,
pero cauce con el balance,
alce y te abrace y silencie cual lince 
el dulce suspiro de tus doces 
y balance hasta estar en paces con el cruce de tus miradas.
Me abalance con tu mismo índice,
para torcer y desvanecer, romper y desconocer
todo subsistente al querer, al poder y al volver no saber cómo es cometer el ayer.
Soy ácido nunca vencido y siempre renacido,
aunque abandonado.
Soy ácido nunca derrotado,
pero apuñalado y quebrado. 
Soy ácido animado a querer, poder y saber atorcer
que aun después de arder volver a nacer,
volver a querer como el ayer,
sin desprender, caer o ceder.
Soy ácido porque nací en el frenesí 
y decidí no ser comodín 
de cualquier burla ni calla de bocas sin cura de tortura.

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